23/11/2017

El rol de la educación frente a la violencia contra la mujer

Durante las últimas semanas se ha venido registrando una especial preocupación por los actos de violencia contra la mujer y la manera de afrontarlos. En ese sentido, el Dr. Martín Valdiviezo, profesor de nuestro Departamento y consultor en temas de educación e inclusión social, conversó con nosotros y agregó algunos puntos importantes en relación al papel de la educación. A continuación, compartimos la entrevista.

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de violencia contra la mujer?

Cuando hablamos de un problema de violencia social, estamos también aludiendo a un tema de poder dentro de la sociedad. La violencia está asociada a la relación entre grupos dominantes y grupos subordinados, y esto tiene que ver con una cultura, una cosmovisión en base a la cual se organizan las instituciones sociales. La violencia de género usualmente proviene de los sectores privilegiados, desde hombres que buscan, a través de este medio, mantener un status quo, que es estructuralmente promovido por la sociedad.

¿Cómo se contextualiza en el caso peruano?

La violencia contra la mujer en la sociedad peruana se inserta dentro de una cultura patriarcal donde las posiciones de autoridad están vinculadas a las representaciones masculinas y las de obediencia a las femeninas. Esto afecta no solamente las relaciones de pareja sino también las relaciones políticas, económicas, sociales, incluso las representaciones religiosas. En términos teológicos, la divinidad absoluta no es ni masculina ni femenina, pero la representamos de una manera viril porque asociamos el poder y autoridad a la masculinidad. Así, desde una perspectiva democrática y contemporánea, las creencias y prácticas patriarcales erosionan los derechos de las mujeres y, con ello, la igualdad de derechos de más de la mitad de la ciudadanía peruana. Dicho de otro modo, tendremos una medio democracia en nuestro país mientras no superemos el patriarcado. Flora Tristán, una de nuestras primeras pensadoras feministas decía que el desarrollo de una sociedad se mide por el grado de libertad que en ella tienen las mujeres. Esto es un indicador clave del desarrollo humano del país.

¿Cómo se ve esto en las escuelas?

Hay una serie de mensajes, aun con cariño y afán de protección, que tiende a decir a los hombres que son los que deben mantener el poder y vencer en cualquier aspecto mental y físico a una mujer. Existe una serie de imperativos para los niños sobre las maneras en que deben imponerse, patear, golpear, hablar, orinar para ser reconocidos como viriles. Estos mensajes exaltan la masculinidad como un privilegio y como una negación de la feminidad, hasta el punto que la mayoría de insultos y expresiones denigrantes contra los niños suelen asociarse a representaciones femeninas. Nuestro propio contexto familiar, social, y escolar alimenta esto con canciones tan inocentes, que pueden ser cantadas en los jardines de infancia, y con mensajes sobre qué juegos puede tener una niña o un niño y cómo deben distinguirse.

“La violencia de género usualmente proviene de los sectores privilegiados, desde hombres que buscan, a través de este medio, mantener un status quo, que es estructuralmente promovido por la sociedad”

 

¿Qué puede hacerse para remediarlo?

Esto es algo que debe ser asumido por la educación formal pero también por la no formal, que es la que se desarrolla dentro de las familias y las comunidades. La cosmovisión patriarcal se inculca desde que venimos al mundo y, aunque hoy en día nuestra opinión pública la cuestiona y ve como una forma de injusticia cultural, todavía estamos lejos de cambiar los presupuestos que están detrás de esa mentalidad. Para que esta tarea pueda ser asumida por la educación, los propios profesores tienen que pasar por una formación que les permita tener una posición crítica y democrática frente a esta cultura.

¿Qué país ha avanzado más en estos temas?

Tal vez el país que ha avanzado más en esta visión democrática, no solamente de las identidades masculinas y femeninas sino también de las no convencionales, es Islandia. Hay otros ejemplos notables, pero por lo que ha logrado a nivel político, económico y educativo en este tema, puede ser un modelo para el resto de sociedades democráticas.  En nuestro caso, una cultura patriarcal, tan impregnada en todas nuestras instituciones, hace que nuestra democracia sea por el momento incipiente y posiblemente más formal que real. En la vida cotidiana esa igualdad de derechos no se constata de manera mayoritaria.

¿Existe una preocupación desde nuestros medios de comunicación?

Lamentablemente los medios de comunicación, salvo excepciones y medios virtuales, se han convertido en medios de entretenimiento y distracción, cuando no de reproducción de creencias y prácticas machistas. Esto hace más difícil el logro de causas como esta. No vamos a ser una sociedad democrática cuando más de la mitad de nuestra población se halla en una situación de sumisión a tal punto en que incluso cualquier acto de violencia contra ellas muchas veces es justificado a priori, bajo la idea de que ellas son culpables como provocadoras o mujeres cuya conducta, al romper los cánones patriarcales, merece ser castigada. Los medios están jugando un papel antipedagógico y es una lástima.

 

¿Cómo podemos ayudar desde la sociedad civil?

Desde la sociedad civil tenemos primero que ser conscientes de la opresión que esto genera. En las relaciones de dominación, el daño no solamente se ocasiona sobre quienes están oprimidos, sino también sobre los opresores porque no solamente el oprimido es deshumanizado, también se deshumaniza el opresor. Ahora, reconocido el daño, hay que asumir la responsabilidad para repararlo. Esto no es solo un problema legal, es básicamente un problema ético. No basta con buscar un culpable para castigarlo y, a través de ese castigo, sentir que la sociedad se ha limpiado. Especialmente los hombres debemos ser autocríticos, desconstruir el patriarcado que llevamos adentro y pasar, de ser rivales, a ser aliados de las mujeres en esta causa de justicia social. Casi todos los que hemos crecido en esta sociedad, estamos envueltos dentro de este sistema de opresión que nos vuelve irresponsables e insensatos, incluso para afrontar las más simples tareas cotidianas y domésticas.

“En las relaciones de dominación, el daño no solamente se ocasiona sobre quienes están oprimidos, sino también sobre los opresores porque no solamente el oprimido es deshumanizado, también se deshumaniza el opresor”