Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo

Escrito por: Julio Gamero, docente ordinario del DACG.

Tras la aprobación por parte de la UNESCO, en el año 2001,  de la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural, en diciembre de 2002 la Asamblea General de las NNUU declararía el 21 de mayo como el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo.

¿Por qué es relevante dicha declaratoria? Según las NNUU las ¾ partes de los mayores conflictos en el mundo tienen una dimensión cultural. En ese sentido, una comprensión cabal de la diversidad cultural deviene en un elemento clave para la construcción de la paz y el desarrollo.

No es sólo, digamos, la dimensión política la que amerita dicha declaratoria. Es, también, la relevancia económica y social que ha adquirido la cultura vista como un recurso singular y que tiene múltiples dimensiones: el arte, la riqueza arquitectónica, la diversidad de manifestaciones culturales que, por ejemplo, para el caso de nuestro país constituyen un patrimonio que gestionado adecuadamente puede dinamizar un proceso de inclusión económica y social que involucre, principalmente, a la población tradicionalmente postergada.

Si bien el concepto de diversidad cultural aparece más “operacionalizado” bajo la denominación de industria cultural o de economía creativa ello no significa reducirla al valor económico presente en ella que, según el Informe sobre la Economía Creativa[1], elaborado por la UNESCO y el PNUD en 2013, mostró que el comercio mundial de bienes y servicios creativos alcanzó en 2011 un valor de USD 624,000 millones, duplicando la cuantía observada en el 2002.

Revisando dicho informe uno encuentra reseñadas experiencias y prácticas que mayormente conjugan la generación del valor económico -empleo e ingresos- con la cimentación de valor social: construcción de ciudadanía, fomento del capital social, procesos diversos de inclusión, sostenibilidad ambiental, etc.

Parece, entonces, que el ámbito de la diversidad cultural resulta propicio para la prosperidad de los negocios privados como de la sociedad en su conjunto. La preservación de los eco sistemas o del patrimonio arqueológico, por ejemplo, aparecen como condición necesaria para la obtención de valor económico de alguna actividad turística relacionada. Esta situación, así, coloca en el centro del negocio, en su core business, que la función de utilidad a maximizar sea, a la vez, el valor económico y el valor social. En términos del modelo de negocio, el escenario no podría ser más alentador para que el paradigma del valor compartido, propuesto por Porter y Kramer[2]encuentre terreno fértil para su desarrollo.

[1] http://www.unesco.org/culture/pdf/creative-economy-report-2013-es.pdf

[2] http://www.iarse.org/uploads/Shared%20Value%20in%20Spanish.pdf

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